El día que Dumbo vuele

Te levantas todos los días temprano para ir a trabajar al circo. Saludas a los payasos, los dueños apenas te miran pasar, los animales te hacen sus respectivos sonidos para decirte que te vayas, que te quedes a conversar un rato o que tienen hambre.

Llegas y te pones a trabajar en el número que te han asignado. Levantas la patica, das la vuelta, te atreves a practicar caminar sobre la pelota roja inmensa que está medio desinflada puesta en una esquina. Siempre das lo mejor que te sale del cuerpo.

No importa si el circo no vendió muchos boletos o si el que lleva el látigo amaneció de mal humor, el asunto es que si la función no sale como el chivúo quiere se jodió la vaina.

Te montas sobre la pelota, y mientras caminas en dos patas haces malabarismo con tres sierras eléctricas encendidas echando humo que da miedo, bailando el ula-o y mascando chicle y haciendo bombitas, lanzas las sierras al aire y pegas un brinco y en medio del espacio con la trompa las apagas y las pones a caer al suelo en fila, terminas dando una vuelta mortal sacándote el aro de la cintura y cayendo haciendo reverencia al público. Por último dejas sonar una bombita del chicle que tienes en la boca. La gente comienza a rugir de la emoción, tremendo espectáculo, el público quiere y tu le das. Eufória total.

Luego de la función, el señor del látigo te da tres ramazos y te dice que así no era la función, que sólo debías caminar sobre la pelota y saludar, que si el público pide más hay que dejarlos así, picados. Te hinchas de la arrechera, nojoda, por la cabeza te pasa agarrarlo con la trompa y estrellarlo contra la pared, darle una tanda de coñazos y luego sentarte sobre él y culminar con una hermosa cagada bestial en la cara. Te controlas y sólo te queda decir: El día que Dumbo vuele, me voy a reir que jode, y yo le voy a ayudar a volar.

About the Author

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *