El día que me fui

Sabía que todo cambiaría, que todo sería diferente, que la distancia enfriaría todo aquello que pudo existir y sólo quedarían recuerdos y la nostalgia necia de querer que todo fuera como alguna vez.

El día que me fui ya no quise mirar hacia atrás, en sentido figurado. Ese día supe que no regresaría, no de la manera que muchos aún quieren.

Ese día me levanté de la cama y no estaba seguro de lo que estaba haciendo. Me temblaba el cuerpo y no es para menos ya que no me iba de vacaciones, no me iba “por un tiempo a casa de un amigo”, me iba a otro país, sin un destino cierto, sin nada seguro, sin saber siquiera que iba a hacer ese mismo día, todo un juego de azar.

Ese día, realmente no quería que terminara, quería que jamás llegara la hora de tomar las maletas, mi vida portátil y caminar unos pasos para irme para siempre.

Una mirada de última vez aún persiste en mi memoria. Una mirada de adiós tácito, un adiós que sabíamos ya existía desde el día que decidí irme.

No había marcha atrás, ya me había deshecho de todo lo mío y sólo lo que quedaba se vendría conmigo.

Unas palabras de ánimo cumplieron su misión, me armé de valor y salí al mundo.

Durante esa noche muchas cosas pasaban por mi cabeza, ni siquiera tenía dinero, unos cuantos dólares que tenía en el bolsillo soportarían mi vida mientras esperaba por la aprobación de una solicitud hecha a Cadivi.

La mañana siguiente era como una mañana cualquiera, como hacía una semana atrás, casi. Había un vacío a mi lado. Caracas se veía igual que siempre, ruido, gente, tráfico, su olor particular.

Rumbo al aeropuerto, la ciudad que me dio refugio, que me dio cosas buenas, cosas malas y cosas horribles, se alejaba, el camino que 7 años atrás era el habitual sería el último que recorrería. El mar me abría los brazos como una manera de indicarme que el horizonte es el destino y que desde lo lejos la costa no se vería más.

Por la ventanilla del avión mi país se alejaba y una nube densa hizo las veces de cortina para detener el sufrimiento que estaba a punto de ser evidente.

El día que me fui comenzó una nueva vida, con un pensamiento un tanto recurrente de mi vida anterior.

El día que me fui supe de verdad quien era, de que estaba hecho.

Hoy, no cambiaría ese día por muchos de los otros que he vivido. Fue lo mejor que pude haber hecho por mi mismo y por los que amo.

Mi país es mi pasado, mi presente y mi futuro seguirá siendo el resto del mundo.

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