Manejando en el DF

“Oh! tu, simple mortal, que os atrevéis a desafiar a los propios de esta ciudad en sus calles, avenidas y demás arterias viales, tu que ofendéis con el hecho de posar los neumáticos de tu vehículo en el asfalto de esta magna orbe, cuidaos y respetaos que estamos observándolos, cada movimiento, cada indicación lumínica, cada intención de conducir como en los manuales será castigado hasta con la muerte!”.

Esta es el mensaje implícito, tácito, que nos da la ciudad de México al conducir en sus calles.

Muchas veces hasta pánico me da salir de la casa al trabajo, miles de pensamientos pasan por mi cabeza y solo me queda relegar mi autoestima a lo más profundo de mi ser mientras manejo mi carro nuevo del año por la ciudad.

El carácter pasible, agradable, carismático, bondadoso, complaciente, servicial y amable del ciudadano común mexicano defeño se pierde al colocar las posaderas en el mueble del automóvil. Cual Dr. Jekill y Mr. Hide, cada persona que tenga en su haber, o al menos la oportunidad de conducir un carro, transforma su ser en un monstruo maléfico, sediento de sangre, bestial, inhumano y su comportamiento es dictado por sus instintos más bajos y básicos indicados por esa zona del cerebro primitivo reptiliano que todos tenemos, pero que muchos utilizan de manera exclusiva.

Colocar las luces de cruce le indica al resto de los conductores ubicados detrás y del lado que usted colocó las luces que está a punto de invadir su canal y que eso no es permitido ni por las leyes divinas de su Dios omnipotente-omnipresente. Las luces intermitentes son una amenaza, ya que significa que el resto de los “maestros” del volante deban pasar por la zona donde usted, con algún tipo de problema mecánico (del carro o de su persona), está detenido casi sobre una acera. Con esto suelen detenerse a móleculas de su carro, no sin antes hacer gala de un sonido chirriante de sus neumáticos, y ponerse a echar corneta, estando concientes que tienen toda una calle para pasar.

El hecho de practicar el manejo defensivo y mantener, así sea de día, las luces encendidas, se transforma en una amenaza para todos los conductores que están delante de usted, con lo que su misión principal es hacerle miserable el viaje y manejar lo más lento y descuidado que puedan.

He llegado a pensar que la función de un policía acostado en una calle sirve para poder hacer las acrobacias realizadas por The dukes of hazard, ya que en vez de servir para hacer aminorar la velocidad, la usan para, de ser posible, lograr levantar vuelo y cruzar una calle transitada por encima de las cabezas de los inmutables conductores.

También he llegado a pensar que en esta ciudad está la planta que surte al resto del mundo en autorespuestos para tren delantero, y es por esto que quizás no les importe destrozar rines, amortiguadores y demás parafernalias, ya que por una módica e irrisoria suma podrán ponerles todo eso nuevo y nada ha pasado.

Las autopistas son pistas de pruebas para el agarre de todos los cauchos que se fabrican en el mundo y sale más barato a las empresas, y librarlos de responsabilidades, hacer que los habitantes automotorizados de la ciudad realicen las pruebas. Claro, el 95% de las pruebas resultan fallidas, como es normal, antes de alcanzar algún éxito. Es por esto que vemos carros voladores, saliendo despedidos de los elevados, segundos pisos y otras vías aéreas, y cayendo sobre casas, terrenos baldíos, terceros o cuartos pisos de edificios aledaños y demás.

La ciudad se mueve a otro ritmo, un ritmo salvaje al que no me acostumbraré jamás, y por más años de experiencia de manejo que tenga será imposible que me deje de importar mi vida y las de mis acompañantes por llegar 5 segundos antes a determinado lugar para reirme del resto, estacionados casi en el tráfico sin fin de la ciudad.

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